Skip to content
Inicio arrow Historia y Tradiciones arrow El Prebendado Pacheco

El Prebendado Pacheco

Imprimir E-Mail

Image Antonio Pereira Pacheco nació en La Laguna el 12 de junio de 1790, hijo de Juan Pereira Pacheco, Contador de las Reales Rentas, y Rosalía Ruiz Acosta.

En 1806 se trasladó a Las Palmas entrando al servicio de Don Luis de la Encina que había sido nombrado Obispo de Arequipa, Perú. En esta isla comenzó sus estudios eclesiásticos en el Seminario Conciliar, eje fundamental de la formación de un clero ilustrado que creía en la armonización de la Fe y la Ciencia, aprendiendo agricultura y física experimental, al mismo tiempo que reformaba la teología y la filosofía trasnochada para abrirlas al experimentalismo. Además, aprende dibujo en la academia de José Ossavarri, una afición que cultivará a lo largo de toda su vida y que le ayudará a elaborar un material muy valioso.

Tras permanecer junto al Obispo seis años en Perú y haber elaborado su “Noticia de Arequipa”, recopilación de numerosos textos y hermosos dibujos, decide regresar a España al fallecer su mentor.

Ya en Tenerife, en el año 1819 se segrega la diócesis de Canarias, y las Canarias Occidentales se integran en el nuevo obispado de La Laguna, del que es nombrado Prebendado y Racionero, que era mucho menos de lo que él esperaba. Esos años laguneros fueron de intensa dedicación a la cultura y la ciencia: copió viejos manuscritos, formó un gabinete de historia natural y continuó con su afición a la pintura.

La irrupción del liberalismo fue un duro golpe para la Iglesia, que vio como disminuían sus rentas con la supresión del diezmo y la desamortización de los conventos. Ante esta nueva situación Pereira era consciente de que sus ingresos no le permitirían vivir con holgura en La Laguna y valorando su edad, enfermo y agotado, decidió retirarse a Tegueste en 1842, donde había ido adquiriendo, en años anteriores, una pequeña hacienda a través de compras sucesivas.

Su obra y su vida se enfrentaron al nuevo entorno que se le venía encima. De él se puede decir que fue el último clérigo ilustrado que, desde la postración y la amargura, vivió los últimos años de su existencia tratando de reformar el mundo a pequeña escala desde su retiro de Tegueste.

Pereira en esos 16 años, como bien señala Manuel Hernández González en su estudio crítico de la Noticia Histórica de Tegueste, apoyo del presente texto, se sintió referente obligado para la promoción de su pueblo, agente de la cultura y luchó contra la superstición, el gran anhelo de una generación de clérigos abiertos a los tiempos y creyentes en la armonización entre una Iglesia reformada y un Estado transformador. Era la enseñanza que había adquirido en el Seminario y la quiso poner en práctica en un pueblo pobre, de medianeros y arrendatarios. Sus logros, como recoge con orgullo en su Noticia Histórica de Tegueste, fueron la instalación de la escuela de primeras letras, la creación de una Junta de Beneficencia, la construcción de una casa para el Ayuntamiento y la casa mortuoria, cuyo plano exterior reformó; las mejoras de la parroquia con sus siete balcones de la fachada; la ordenación de su archivo y su dotación de ornamentos. También sabemos su contribución en la puesta en funcionamiento de un cementerio, evitando así los riesgos de epidemia por los enterramientos en la Iglesia.

Pereira demostró en todo momento su afición al dibujo. Prueba de ello son sus láminas de la “Noticia Histórica”. En ellas refleja la vestimenta teguestera, excepcional testimonio, la portada de las ermitas, hoy todas desaparecidas excepto la de El Socorro y la que por entonces tenía la parroquia de San Marcos.

Mostró su preocupación por la reforma de las costumbres, por la historia natural, por la conservación de la naturaleza y la introducción de mejoras agrícolas. Mostró su interés  al hablar de las aguas y montes de Tegueste, de los avatares de su parroquia, de los fenómenos naturales extraordinarios, pero, también, de la vestimenta popular y la idiosincrasia de sus gentes sencillas y dedicó un gran espacio a la historia religiosa, sus fiestas y tradiciones.

Sus reflexiones tienen gran agudeza sobre su pobreza y sus dificultades para promover la educación ante el azote de la miseria. Es consciente del rentismo y del absentismo de la clase propietaria, de los graves daños que sufren sus bosques, de la incapacidad de aprovechar sus fuentes y manantiales,… pero aún así, en medio de ese pesimismo, se muestra esperanzado con las reformas que introduce en Tegueste.

Fue un recopilador entusiasta que, a pesar de todo, creía firmemente en el carácter redentor de la educación y la ilustración como forma de acrecentar el progreso de los pueblos. Eso fue lo que quiso plasmar en sus últimos años de vida en el pueblo campesino de Tegueste, su sueño utópico, dejando para nosotros su testimonio en sus realizaciones, que nos muestran su afán por rescatar y realzar los valores, realidades y acontecer histórico del Tegueste que conoció y amó, y del que se sintió partícipe, dejando una huella imborrable en sus campos y en sus gentes.

 

 
< Anterior   Siguiente >